
APRÉS-SKI CON ESPÍRITU ATLÁNTICO
Después de un día en la nieve, el cuerpo pide pausa. El ritmo baja, el paisaje...
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Hay muchas horas para disfrutar del acontecimiento de la mirada directa al océano, pero hay un momento en el que todo parece respirar más despacio, son esas últimas horas de sol. La luz se vuelve más suave, el horizonte empieza a teñirse de dorados profundos. En las Rías Baixas, el atardecer no es solo el final del día. Es una pausa. Un instante para mirar el mar con calma y dejar que el paisaje muestre el espectáculo de su transformación.

Quizá por eso, cuando el sol comienza a caer sobre la ría, todo invita a lo mismo: a detenerse, a respirar hondo y a disfrutar del momento. Y si es con una copa de Mar de Frades Albariño en la mano, mejor. Recorremos algunos miradores en los que se siente ese Vivir en Azul de Mar de Frades, una invitación a dejarse sorprender en el espectáculo mágico del Atlántico.
La bodega de Mar de Frades

La primera parada es en nuestra bodega, donde no solo se ofrecen vinos excepcionales, sino también una experiencia sensorial única. Un plan perfecto es recorrer los viñedos al final del día o disfrutar del atardecer desde nuestros miradores con vistas a las Rías Baixas. Una visita guiada permite sumergirse en la historia de la bodega, conocer el proceso de elaboración de nuestro Albariño y disfrutar del ambiente atlántico que nos rodea. Reserva tu visita directamente en este enlace: https://booking.zamoracompany.com/mardefrades/reservar-visita
Monte Siradella, O Grove

Hay lugares en los que el horizonte parece no tener final. Monte Siradella es uno de ellos. Desde lo alto de la península de O Grove, la mirada se pierde entre el océano abierto, la playa de A Lanzada y las dunas que dibujan la costa. El Atlántico se extiende inmenso, con ese carácter indómito que define a las Rías Baixas. Al atardecer, la luz cae lentamente sobre el mar. El cielo cambia de color casi sin que uno se dé cuenta. Primero dorado. Después rosado. Finalmente, ese azul profundo que anuncia la llegada de la noche. El viento trae aroma a sal. Y el momento invita a hacer justo eso: detenerse, dejarse llevar por el paisaje y disfrutar del atardecer con una copa de Mar de Frades Albariño frente al Atlántico.
A Curota, A Pobra do Caramiñal.

Subir a A Curota es descubrir la ría desde otra perspectiva. Desde este mirador natural, la ría de Arousa se abre en toda su amplitud. La costa, las islas y el océano al fondo dibujan un paisaje abierto que parece extenderse sin límites, como una gran postal atlántica. No es difícil imaginar este entorno acompañado por el carácter atlántico de Mar de Frades Albariño. Cuando el sol comienza a descender, la ría se transforma en un espejo de luz. El silencio del lugar, la brisa fresca y la inmensidad del paisaje invitan a quedarse un poco más. A ver cómo el día se apaga lentamente mientras el Atlántico cambia de color.
Mirador de A Granxa, Sanxenxo: la calma de la ría al final del día

La Ría de Pontevedra tiene algo especial cuando el sol empieza a caer. Desde el mirador de A Granxa, la vista se abre sobre la costa, las islas y los barcos que descansan sobre el agua mientras el día se apaga lentamente. La tarde avanza con esa calma que solo existe cerca del mar. El cielo se vuelve cálido y el agua refleja cada matiz de luz. El paisaje parece detenerse por un instante. Es entonces cuando todo encaja: la brisa atlántica, la conversación tranquila y la frescura del océano, que también define a Mar de Frades Albariño.
Monte Santa Trega, A Guarda.

En el extremo sur de Galicia, el Monte Santa Trega se asoma al encuentro del río Miño con el Atlántico. Desde aquí, la vista es amplia y serena. A sus pies, los restos del castro recuerdan la arquitectura ancestral de la zona y su vínculo histórico con este paisaje atlántico. El océano se extiende frente a la costa mientras el sol desciende lentamente sobre el horizonte. La luz del atardecer envuelve el paisaje con tonos suaves y el viento trae consigo esa energía atlántica que define este lugar. Es fácil entender por qué tantos viajeros se detienen aquí al final del día y sienten esa libertad que el Atlántico les regala.
Un brindis frente al Atlántico
En las Rías Baixas, el Atlántico está en todas partes, en la luz que cambia con cada hora del día, en el viento que llega desde el océano y en la frescura que define cada copa de albariño. Tal vez por eso los atardeceres aquí tienen algo especial, porque el paisaje, el mar y el vino comparten un mismo origen. Y cuando el sol se esconde en el horizonte, todo parece recordarnos lo mismo; que los mejores momentos casi siempre ocurren cerca del mar, al caer la tarde y con una copa de Mar de Frades Albariño en la mano.